Con los dedos de la una mano
Con los dedos de la una mano
Esta semana estuve sentada con una amiga a la que conozco desde hace más de 22 años. No nos vemos muy seguido, pues ambas hemos vivido en continentes diferentes desde hace más de 10 años. Hemos coincidido en varios viajes, pero solo por mera casualidad: México, Las Vegas y casi en Tokio —hubiera estado increíble verla ahí también—.
Esta semana estoy visitando mi ciudad natal y ella también se encuentra de regreso, así que, ¡claro!, rápido le escribí para poder vernos. Salimos a cenar y empezamos a platicar y a reír de inmediato, como si el tiempo no hubiera pasado, como si supiéramos exactamente qué fue lo que pasó ayer en la vida de la otra. ¿Sabes a qué me refiero? Estoy segura de que a ti también te ha pasado.
Y ahí, en medio de esa plática, entendí algo que la ciencia lleva décadas confirmando: nada predice mejor una vida plena que la calidad de nuestras relaciones.
En tu vida puede ser que conozcas a mil personas —o que tu lista de amigos en Facebook llegue a los 3,000 “conocidos” 😜—, que tengas relaciones de trabajo maravillosas, que te lleves excelente con tus familiares y que tengas una relación con tu pareja basada en la comunicación, el respeto, la honestidad, el apoyo emocional y la confianza.
Personalmente, este último punto es crucial en todas mis relaciones, pero en este blog me voy a enfocar en las de amistad: el respeto, la confianza y la honestidad. En el momento en que la falta de respeto se presenta en una amistad, el insulto se asoma y la desconsideración se convierte en la base de todo.
Para mí es un rotundo NO, una señal de que es hora de marcar distancia con esa relación. Y así es como ha sucedido en mi vida adulta: muchas amistades se han desvanecido en cuanto aparece la falta de respeto y/o la divergencia de valores. Y las que han perdurado lo han hecho gracias a la honestidad, el respeto, la confianza y el apoyo mutuo.

Hace no mucho leí el libro “The Good Life”, que nace del Estudio de Desarrollo de Adultos de Harvard, la investigación longitudinal más extensa jamás realizada sobre la felicidad humana: casi 90 años siguiendo la vida de cientos de personas —desde estudiantes de Harvard hasta jóvenes de barrios pobres de Boston— y, más recientemente, a sus hijos y nietos. Robert Waldinger, psiquiatra y actual director del estudio, y Marc Schulz, psicólogo, condensan en el libro la conclusión central de casi un siglo de datos: no es el dinero, ni la fama, ni el éxito profesional lo que predice una vida satisfactoria en la vejez, sino la calidad de nuestras relaciones cercanas.
Los autores explican que no se trata de tener muchos amigos ni una vida social intensa, sino de contar con vínculos genuinos y de confianza, donde nos sentimos vistos y podemos ser vulnerables. Estas relaciones —con la pareja, la familia, los amigos cercanos— actúan casi como un “sistema inmunológico emocional”: nos protegen del estrés, retrasan el deterioro cognitivo y físico, y son el factor más consistente de bienestar a largo plazo, por encima incluso de la salud, el estatus social o los logros materiales.
Leer esto me hizo pensar en algo que estoy viviendo justo esta semana. Estoy de visita en mi ciudad natal y, como pasa cada vez que regreso, me he sentado a platicar con mis amistades de más de 15, 22 años. No hablamos seguido, no nos vemos más que un par de veces al año, y sin embargo la conversación fluye como si nos hubiéramos visto ayer. Ese “sistema inmunológico emocional” del que hablan Waldinger y Schulz lo sentí literalmente sentada en esa mesa.
Son pocas esas amistades —las cuento con los dedos de una mano— pero son genuinas, y lo mejor es que el sentimiento es mutuo. No es coincidencia que sean justo esas las que sobrevivieron al paso del tiempo, mientras que otras se fueron desvaneciendo en el camino: por falta de respeto hacia mi persona o, simplemente, porque nuestras formas de ver la vida ya no coincidían. Y creo que ahí está una parte importante de lo que el estudio de Harvard confirma: no se trata de acumular relaciones, sino de proteger las que realmente valen la pena, incluso si eso significa soltar las que ya no suman.
Así que dedico este blog post para aquellas amistades que han formado parte de mi vida por todos estos años, aquellos que conocen cada estación de mi, cada etapa, cada momento, cada logro y tristeza. Les quiero con el corazón.
Muchas gracias por leerme, lo aprecio mucho.
Besos, Karla
