No olvides enseñar esto… y preguntar también.
No olvides enseñar esto… y preguntar también.
Desde que regresé nuevamente a escribir en esta esquina del mundo para My Stylosophy y para ustedes, amables lectores —jajaja, no me pude resistir, si tú sabes, sabes—, siento que me he vuelto un poco más consciente de mí misma y, claro, de mi maternidad.
Esta semana se prestó la oportunidad de compartir un poco sobre mí, mi esencia, mis gustos, mi historia con mis hijos. Como lo platiqué en uno de los posts anteriores —ESTE, para ser exacta, y por si lo quieres leer puedes hacer clic AQUÍ—, cuando nos convertimos en mamás pasamos por un inmenso cambio hormonal y, a la par, nuestro cerebro pasa por cambios para poder crear, en cierta manera, un tipo de comunicación entre madre e hijo. Pero eso tú ya lo sabes.
El punto es que, en mi caso —y no sé si a alguien más de ustedes que me están leyendo les pasa—, cuando me convertí en mamá pensé que todo lo demás que yo hacía: mis gustos, mis hobbies, hasta algunas cuestiones de mi trabajo, ya no tenían importancia, como si el pensar en mí y en mis gustos tuviera una connotación equívoca y egoísta.
No sé, es extraño de explicar, pero me pasó. Y hoy veo reflejados en mis hijos muchos aspectos, gustos y habilidades míos. Aspectos que parecieran ser natos, pues, como comenté anteriormente, ni siquiera había tenido la oportunidad de compartirlos con ellos.
Simples cosas que veo en ellos: el gusto por la música, el baile, crear cosas nuevas, el gusto por los zapatos, el descubrir cosas y lugares nuevos —sobre el tema de los zapatos puedes ver este video AQUÍ—. Y claro, reflexioné en mí misma, me transporté a mi niñez y recordé a la mayoría de la gente que me rodeaba en esa etapa: quién me cuidaba, quién iba por mí a la escuela, quién jugaba conmigo, con mis hermanos. Hoy por hoy, sé que a la persona A le gustaba hacer esto, la persona B trabajaba en esto y su pasatiempo favorito era este otro.

Confieso que hasta que me convertí en mamá pude realmente empezar a conocer más a mi mamá. Quizá haya sido la maternidad lo que nos hizo tener un lazo más fuerte, o quizá el tiempo que tuve la fortuna de compartir con ella cuando mis dos hijos nacieron. Sea lo que haya sido, estoy eternamente agradecida con la vida por ello.
Esto sonará chistoso, pero EN MIS TIEMPOS —jajaja, risa nerviosa de “ya suena muy a fin esta frase”—, mis papás, claro, se la pasaban trabajando de 7 am a 8 de la noche, incluyendo fines de semana completos; a veces hasta hacían “vela”, pues tenían que entregar pedidos de zapatos sí o sí —aquí puedes saber más sobre lo que hacía mi familia—. Y afortunadamente mis papás contaban con un inmenso apoyo familiar para poder cuidar de nosotros, y honestamente mis hermanos y yo éramos los más felices estando en casa de mis abuelitos, pues sabíamos que quizá los primos estarían ahí.
Recuerdo las veces en las que podía pasar tiempo extra con mi mamá, uno a uno. Los días que mi mamá me llevaba a mis clases de preparación para mi primera comunión. No me podían fascinar más esos días —a esta edad, jaja—; ya les puedo decir que mi emoción no era ir a clases, sino pasar ese rato del día con mi mamá. Caminar por el centro de la ciudad y que se nos pegara una que otra garnacha. Hoy por hoy es parte de mis memorias que más atesoro.
Reflexiono en esto y sé que hoy en día la vida es muy diferente a como fuimos educados; nuestro sistema de apoyo definitivamente no es el mismo de cuando nosotros crecimos —al menos hablo por mí misma—. Muchas veces nos envolvemos tanto en el trabajo, en las obligaciones, que vamos dejando de lado la parte esencial que nos hace ser uno mismo: esa magia, ese brillo, esa chispa, esa risa que nos caracteriza. Quizá solo sea cuestión de relajarnos y no tomarlo todo tan en serio. Quizá solo sea cuestión de recordar que, claro, en algún momento fuimos niños e inyectarnos esa curiosidad nuevamente.
Yo sé que todos y cada uno de nosotros tenemos diferentes estilos y canales de comunicación, valores, culturas, religiones. En este caso, estoy hablando por mí y solo aviento este mensaje a quien lo quiera tomar…
Dejemos que los niños sean curiosos

Dejemos que los niños sean curiosos, dejémoslos hacer preguntas —aunque en nuestra mente adulta nos parezcan vergonzosas—, mostrémosles quiénes somos, nuestro lado chistoso, creativo, amoroso. Descubramos junto con ellos, bailemos sin importar quien esta viendo, cuéntales de ti sin que ellos te tengan que preguntar.
Y precisamente hoy, que se celebra el Día del Padre en muchas partes de América y América Latina, aunque ya estemos grandes, casados, independizados… si tenemos la fortuna de que nuestro papá se encuentre aún en este plano, preguntemos… ¿Qué te gustaba hacer de joven? ¿En qué cosas crees que me parezco a ti? ¿Qué soñabas ser o hacer cuando tenías mi edad?
Qué sé yo, ponte en el papel de niño preguntón y vuélvete curioso. Para el día de mañana si te cuestionas… ¿De donde vendrá este gusto? Ojalá, puedas relacionarlo con alguien a quien le tienes mucho cariño, afecto y te trasporte a momentos maravillosos.
Por último y no menos importante, gracias por tomar tu tiempo y leerme lo aprecio muchísimo.
Besos, Karla