La intolerancia a la infancia
La intolerancia a la infancia
Sé que este título suena fuerte, un poco pesado, pero ha sido parte de mi experiencia estos últimos meses. No sé si soy la única, aunque estoy casi 100% segura de que no.
¿Por qué sentimos esa presión cuando nuestros hijos se comportan “mal” y el mundo entero nos voltea a ver?
Nunca había sentido el peso de una mirada cuando uno de mis hijos expresaba una emoción: un grito, un llanto, un berrinche. Creo que está directamente relacionado con lo que la sociedad quiere ver: niños “bien portados”. Niños bien sentados y comiendo en la mesa de un restaurante sin siquiera parpadear. Niños que van en transporte público sin expresar desesperación, cansancio o hambre.
Mientras tanto, cuando nosotros, los adultos, nos sentimos aburridos, cansados, hambrientos o desesperados, simplemente desenfundamos el teléfono y nos desconectamos del mundo. Tratamos de entumecer el aburrimiento con dopamina instantánea y nos perdemos en el doom scroll. Les pedimos a los niños una paciencia que ni nosotros tenemos.
El “shhh” que se escuchaba en todos lados
Me impresionó la cantidad de “shhhh” que escuchaba dirigidos a los niños. Honestamente, yo también fui una de esas personas. El “shhh” se escuchaba hasta en la plaza de la ciudad, rodeada de restaurantes: un lugar donde la gente caminaba, platicaba y reía. Un espacio perfecto para que los niños corrieran y se expresaran. Fue ahí cuando me di cuenta, y desde entonces he tratado de evitarlo lo mejor que puedo.
Su marco de referencia
Desde el comienzo del viaje nos topamos con gente grosera y sumamente intolerante con los niños. Al principio solo pensaba en el “marco de referencia” de esas personas: qué infancia tuvieron, cómo fueron tratadas, su cultura (claramente un factor importante). Y pensaba que quizá se les olvidó que, sí o sí, en algún momento también fueron niños… a menos que se crean Benjamin Button.
Y no tengo que irme tan lejos: hasta a gente de mi familia cercana le he escuchado ese tipo de comentarios, que en algún punto llegan a ser hirientes. Pero vuelvo a su marco de referencia y trato de entender sus palabras desde otro lugar.
Hubo gente con cero empatía. Algunos se atrevieron a confrontarme directamente; la mayoría, cobardemente, con comentarios indirectos. Pero pues se toparon con la Leo Leona 🤷🏻♀️
Mi responsabilidad
Entre las responsabilidades más grandes que tengo como mamá está ayudar a mis hijos a reconocer sus emociones, validarlas y aprender a manejarlas. No es mi responsabilidad evitar a toda costa que el vecino de la mesa se moleste porque mi hijo gritó, sabiendo que ya pasó su hora de comida y que su siesta se empalmó con la hora del baño.
Para reflexionar
Al escribir este post me siento confundida, un poco enojada y triste, porque me cuesta trabajo creer la actitud de tanta gente hacia los niños. Pero también me deja con una pregunta: ¿en qué momento empezamos a ver la infancia como una molestia?
Un niño que llora en un restaurante no se está “portando mal”; está diciendo, con las únicas herramientas que tiene, que está cansado, que tiene hambre, que ya no puede más. Lo mismo que nosotros sentimos tantas veces, solo que sin un teléfono para esconderlo.
Quizá la próxima vez que escuchemos un llanto cerca, en lugar de voltear con molestia, podamos ofrecerle una mirada de complicidad a esa mamá o ese papá que está haciendo lo mejor que puede. Y quizá también podamos ser un poquito más pacientes con el niño que alguna vez fuimos.
Porque los niños no necesitan un mundo que los calle. Necesitan un mundo que los entienda.
¿Te ha pasado? Te leo en los comentarios.
Nuevamente te agradezco por tomarte el tiempo de leerme.
Besos, Karla
